Leonora Carrington, sus mujeres…su imaginario

Leonora Carrington, artista surrealista y conocedora de primera mano de todos los intelectuales y artistas surrealistas, era hija de Harold y Maurie. Ambos formaron una familia tradicional inglesa típicamente burguesa muy rica. El padre, Harold, que amasó una fortuna inmensa y una influencia política considerable.

Leonora odiaba a su padre y quería a su madre. Hecho este último que no fue suficiente para que nuestra artista fuese la más rebelde de las rebeldes para con las costumbres y destinos que para ella le tenían preparados.

La familia de su madre Maurie era de origen irlandés. Ésta era fabuladora y le contaba historias de su Irlanda mitológica. Su niñera y su abuela eran en esto del mismo modo. Cuando en verano la familia iba a visitar Irlanda, Leonora se empapaba todavía más de aquel mundo mítico, donde animales, hadas, antiguos reyes y reinas destronados, hubieron de habitar en el inframundo. En Bretaña y en Asturias se conservan tradiciones similares. Así, en la mitología asturiana, son frecuentes los relatos acerca de mozos que vieron a grupos de “hadas” bailar en corro en torno a una de ellas, la reina de las “hadas”, también llamada Hada Mega. En torno al castro de Altamira, por ejemplo, ubicado en la zona del El Bierzo, circulan mitos que refieren la existencia de un gran reino subterráneo gobernado por una pareja de reyes y cuya entrada se encuentra en algún punto del castro.

Las mujeres irlandesas dieron a Leonora Carrington la materia prima para su vida, para su arte, para su forma de mirar el mundo. Una manera de ver el mundo con la fortísima tendencia surrealista para lo inexplicable, lo inconsciente, lo espiritual, místico, mítico y extraño.

Marie Edgeworth (1767-1849), parienta muy unida a la madre de Leonora, fue novelista a la que en ocasiones se la consideró la Jane Austen irlandesa. En una de sus novelas aparece una heroína de nombre Leonora; nombre que, en honor a la escritora, también se le otorgó a una de las hijas de Mary Monica – principal línea parental que hizo de lazo con Maurie. La “primera Leonora”, a la se la conocía en “el círculo de mujeres Edgeworht irlandés” como Leo, se hizo monja y hermana de la caridad en un convento de Dublín.

Leonora Carrington imaginaba en el siguiente cuadro el castigo que recibió Leo del arzobispo McQuaid debido a un fuerte enfrentamiento que tuvo con él. La “vena” rebelde parecía está adscrita al nombre, y por qué no expresarlo así, al feminismo de todas las Leonoras del mundo.

Leonora

Leonora Carrington entre los hombres de las vanguardias

Leonora se escapó a París. Huyó del matrimonio pactado, del dinero familiar, de la moral victoriana, etc.

Allí en París estaban el cubismo y el fauvismo, el dadaísmo y el orfismo; estaban los artistas que pasaron a ser conocidos
como Escuela de París, una etiqueta que abarca todos esos movimientos y otros más; y estaba el surrealismo.
Los artistas que habían acudido en tropel a la ciudad de la luz en aquellos primeros años del siglo XX fueron
innovadores en la historia del arte; aquello fue, en todo el sentido de la palabra, un renacimiento. Pablo Picasso y
Georges Braque desmontaron todas las convenciones de la pintura; Robert Delaunay reinventó el uso del color.
Vasili Kandinski fue a París para forjar un vínculo espiritual entre el artista, el espectador y el lienzo; del estudio
de Constantin Brancusi salieron las obras geométricas, límpidas y elegantes que redefinirían la escultura.

Unos años antes, en el mismo siglo, Amedeo Modigliani había ido a París y alargado la figura femenina; Marc
Chagall había creado sus coloridas ensoñaciones; Piet Mondrian había destilado allí sus bloques de colores
básicos y Henri Matisse había creado sus contrastes de colores puros, sin modular. Entre los surrealistas, Yves
Tanguy estaba inmerso en la búsqueda del lugar que ocupaba el inconsciente; Jean Arp jugaba con la idea
revolucionaria de la función del azar en la creación de una obra de arte y Joan Miró investigaba lo que ocurre
cuando se fusionan la planificación meticulosa con el automatismo al que el movimiento surrealista era tan
aficionado.

Leonora y la locura

Quizás los episodios más duros que vivió Leonora Carrington, la otra cara de la moneda, el precio a pagar por el arte y la rebeldía, por la acción de liberación de un padre opresor y tirano, una madre querida pero aliada con las convenciones victorianas, etc, etc, fue la locura. Leonora atravesó la línea hacia la paranoia.

Mucha gente piensa que la paranoia se describe bien explicando que la persona ve en el exterior señales y signos que apuntan todos en la dirección de una conspiración universal contra la persona misma. La realidad es que es la persona misma la que desaparece de la escena psíquica. Son las otras personas y sus ideas e imágenes las que pasan a ocupar el espacio principal. Además se le añade un color de totalidad – de ahí el carácter de universalidad de este trastorno -, es decir, no sólo son los otros los que intervienen, sino el todo de la época que viene expresado también en ideas e imágenes. Casi podríamos decir que el espíritu del momento histórico y su particularización en los que son “los demás” para la persona, los que se hacen sujeto desplazando, para este caso, a Leonora Carrington. Ya no es ella la que está, sino los otros y todo del momento histórico.  ¿Cuál fueron sus otros y su momento? Principalmente, su gran amor, Max Ernst; por otro lado, sus “antimundos” y “extravagantes” amigos surrealistas, y el gran y todopoderoso espíritu de la época: la locura y paranoia de Hitler y su Alemania.

Teniendo en cuenta que en este contexto muchos tenían que huir por algo, Ernst por ser un artista de ideas peligrosas, los intelectuales y científicos judíos por serlo, cineastas, poetas y  escritores por ser “enemigos naturales de Goebbels”, otros por ser comunistas, etc. Siempre hay una justificación cuando la locura se establece ocupando el lugar central del momento.

La locura de Leonora tuvo lugar en España recién acabada la guerra civil. Su padre Harold envió a diferentes individuos medio espías, medio gansters, medio hombres de negocios, para hacerse cargo de ella. El plan paterno era enviarla a un psiquiátrico. Fue a parar a uno donde, un tal Doctor Morales trataba a los psicóticos al modo del electroshock y el Cardiazol.

Una cita de la propia artista a propósito de la peor etapa de su vida:

(…) llamé a la embajada británica y me entrevisté con el cónsul. Traté de convencerlo de que la guerra mundial la estaban manejando mediante hipnosis un grupo de personas, Hitler y compañía, (…); de que para derrotar a este bastaría con comprender sus poderes hipnóticos, entonces pararíamos la guerra y liberaríamos el mundo, que estaba atascado, igual que yo (…)

Uno de los cuadros que pintó contra esta causa:

leonora carrington

A propósito del transhumanismo y la locura

Entre las promesas transhumanistas consta la de poder darnos la posibilidad de elegir la personalidad que queramos. Bastaría con introducir nuestro cuerpo – concepto muy discutible, por cierto – en otra mente; o a la inversa: nuestra mente en otro cuerpo. Como respuesta se me ocurre introducir otra cita de la artista escrita en sus peores momentos. Cuando sentía, entre cosas, que:

No conseguía caminar derecha, solo de lado, como los cangrejos; una vez más tuve la sensación de estar atascada. Me di cuenta de que mi angustia  – mi mente, digámoslo así – estaba haciendo un esfuerzo por reunirse con mi cuerpo. Trataba de encontrar sentido al vértigo que sentía, que mi cuerpo había dejado de obedecer las fórmulas fijadas en mi mente, las fórmulas de la vieja y limitada Razón.

En su lenguaje y en su rebeldía, Leonora olvidaba que “la vieja y limitada Razón” también es una realidad. Pero..¿Quién sería tan inhumano o transhumano como para reprochárselo?

Visita esta página mejicana, donde Leonora vivió la mayor parte de su vida: El Méjico irreal