Artificio humano en Hannad Arendt

En el prólogo de “La condición humana” de Hannad Arendt, ella nos cuenta cuándo fue la primera vez que se puso en órbita un artefacto humano, un satélite; fue en 1957.

Un poco más tarde nos habla de otro acontecimiento, la descomposición del átomo. El cual no fue recibido con tanto júbilo debido a las terribles consecuencias que tenía una de sus aplicaciones.

Sin embargo, la puesta en órbita de un objeto de fabricación humana era motivo de orgullo. Cuando el hombre mirara el cielo con sus telescopios podría contemplar algo suyo rivalizando con el antiguo orden eterno teorizado teológicamente por los antiguos.

Era un alivio que, “bajo el impulso del momento”, pudiera decirse que se había dado un “paso de la victoria del hombre sobre su prisión terrena”, como escribía un periodista americano. Cita después y para poner énfasis en la idea, la frase que se esculpió en el obelisco de uno de los grandes científicos rusos: “La humanidad no permanecerá atada para siempre a la Tierra”.( El nombre de tal científico no se dice).

La emancipación y secularización sufrida en la Edad Moderna, dice Hannad Arendt, comenzó como una especie de desvío de “un dios que era el Padre de los hombres en el cielo”; y plantea inmediatamente después la siguiente pregunta: “¿Ha de terminar con un repudio todavía más ominoso de una Tierra que fue la Madre de todas las criaturas vivientes bajo el firmamento?

 

Artificio humano y la separación de la naturaleza

Denuncia nuestra autora los numerosos intentos del hombre por producir vida artificial separándose así del resto de organismos vivos que habían sido compañeros de hábitat.

El mismo deseo de escapar de la prisión de la Tierra –dice nuestra autora– se manifiesta también en el intento de crear vida en un tubo de ensayo. Habla de los mejoramientos de la raza que intentaron practicar los médicos nazis. Y dice, sorprendentemente, que sospecha que el deseo de mejora alcance también  la pretensión de vivir  “más allá del límite de los cien años”.

Si  Hannad Arendt supiera que es lo que intentan y prometen los científicos ligados a la corriente transhumanista actual, vería que sus sospechas respondían, al menos, a una acertadísima intuición.

La autora ve el peligro. Y afirma que no se puede dejar estas decisiones en manos de científicos y políticos profesionales.

Artificio humano y nuevas tecnologías

También es consciente Hannad Arendt del problema que causa al entendimiento común y a la “normal expresión del discurso y el pensamiento”, los logros de la mecánica cuántica.

Además, y para más sorpresa mía, nuestra autora alarga el brazo hasta la necesidad de  la construcción de máquinas de pensamiento artificial que nos permitiesen comprender esta fractura entre ciencia y entendimiento común.

Reprocha finalmente la actitud ingenua del científico; no porque no vea las consecuencias dañinas de sus tecnologías, sino porque lo que no ve es la posible pérdida del discurso común base de la política y base del ser del ser humano. En esto se equivoca. Muchos de ellos sí veían el peligro de la falta de comprensión natural de las verificadas leyes de la mecánica cuántica.

Artificio humano y vida alienígena

Los ingenieros de la Nasa lanzaron al espacio una sonda en busca de datos e información del espacio más lejano. La sonda se lanzó para no volver. Incluyeron en 1972 esta placa para facilitar una posible comunicación con especies inteligentes del espacio exterior.

Nos es imposible no pensar, para los que hemos visto “Solaris” o leído “El invencible”, ambas obras de Stanislaw Lem, que esto es, o una práctica de dudosa intención típica del “colectivo” ingenieril para recaudar fondos, o una ingenuidad extrema. Aunque desgraciadamente se puedan dar las dos cosas a la vez.

La obsesión por encontrar vida, y si fuera posible, vida inteligente, suena a relato de ciencia ficción. Hannad Arendt en este prólogo reivindica que se preste atención a este  género literario como siendo “la expresión de los sentimientos  y deseos de la masa”.

No es una reivindicación del género en sí, pero sí de lo que es capaz  de expresar “la masa”, que para mí bien podría ser una especie de mensaje inconsciente, pero real,  que subyace a los discursos ideológicos justificativos.

Es decir, la ciencia ficción tiene sus códigos.

Puede que sean más sencillos, puede, pero no deja de ser una expresión de lo preocupante; los temas, las  fantasías y los sueños de la ciencia ficción, que muchos ridiculizan como género literario, pueden ser el lado oscuro del discurso y del entendimiento normal, que la propia Hannad Arendt sí reivindicaba como base para la recuperación de una vida política humana.

La verdad es que la obsesión por encontrar vida inteligente extraterráquea no  puede ocultar el problema de fondo. Y es que, de encontrarse, los problemas de entendimiento serían los mismos que los que se dan en cualquier ámbito de vida humana, sea esta la ciencia, la política, el arte o la guerra.

Una interpretación cómica e imaginada se me ocurre ante este posible gran encuentro entre humanos y alienígenas.

Lo expresaré en forma de diálogo, pero un diálogo ridículo, nada Socrático, nada Aristotélico y nada Hegeliano o marxista:

–¡Hola!, ¿Quiénes sois? ¿Qué sabéis de la vida?
–¿Cómo?¿Podéis repetir la pregunta?
–¿Que quiénes sois y quién os ha creado? ¿La evolución natural, acaso?
–No entendemos, por cierto…¿Quiénes sois, qué sabéis y quién os ha creado?