Darnos normas nos hace a todos muy “otros”

La capacidad humana por “excelencia”, la autonomía moral ilustrada, es la libertad de darse a sí misma las normas con las que “idear regularmente” tu propia vida. Dicho así parece que darnos normas nos hace a todos muy “semejantes”. Cuando es al revés, nos hace “otros” y “extraños”.

La autonomía moral y su engaño

Bueno, pues haré un sucinta crítica a este concepto con el que tanto jugamos, y quizás engañemos, de vez en cuando, a algunos de nuestros jóvenes.

Primero, lo que es autónoma es la ley, en el sentido de que es independiente de nosotros en la medida en que es dialéctica y en buena parte permanece oculta, si no fuera así, no entenderíamos nada “malo” de lo que pasa.

Segundo, la conciencia es tan absolutamente prominente frente las demás conciencias, que niega sus existencias. A veces, mira por encima del hombro. Como si su mirada estuviera allá en lo alto, con el Dios de todos los puritanismos noreuropeos.

Y por último, la autonomía puede llegar a ser muy, pero que muy, indiferente para con las otras personas. Es parecida al sosiego que denunciaba Nietzsche del sospechoso ideador de segundas intenciones.

“Yo sigo las normas que me doy, pero cuídate de mí, puesto que llegará el momento de mi interés; y entonces esto será la selva de Hobbes.”–Diría un seguidor kantiano.  Así hará el que de palabra defienda la autonomía moral, y de acción haga otra cosa.

Así que, he decido inventar y sustituir el término “sujeto autónomo”, por el de “persónoma”. “Persónoma”: dícese de la persona que tiene una imagen y máscara personal que anima a otros a seguir su camino en el lenguaje y no ya sólo en su imagen, dejándolos ser como son ya y ahora.