Dos modos de mirar el ser: “Lenguaje y soledad”.

Hay dos teorías fundamentales del conocimiento. Estas dos teorías son incompatibles entre sí, profundamente opuestas. Representan dos modos de mirar no solamente el conocimiento, sino también la vida humana. Junto con estas dos maneras de entender el conocimiento, y emparentadas con ellas, igualmente opuestas, hay también teorías de la sociedad, del hombre, de cualquier cosa… Este abismo divide completamente nuestro panorama social.

Para fijar lo esencial de esta confrontación, profunda y general, posiblemente sea mejor empezar por el conocimiento. En este campo, el contraste es particularmente duro y presenta un perfil más afilado.

El modo de mirar atomista

Tenemos, en primer lugar lo que podría llamarse la concepción individualista o atomista del conocimiento. El conocimiento, desde este punto de vista, es en lo que se embarcan y logran, sobre todo, individuos solos. Si más de una persona está implicada y la colaboración tiene lugar, ello no modifica en absoluto la esencia de la actividad o del logro cognoscitivo. En principio, la adquisición de conocimiento sería algo accesible a un Robínson Crusoe, y quizás a él especialmente; pues es nuestra capacidad de sugestión, nuestra credulidad, especialmente durante la juventud, quizás nuestro deseo de agradar y de integración, lo que por encima de todo nos lleva a cometer errores. Descubrimos la verdad solos, erramos en grupos.

El aislamiento de Crusoe le salva de seguir a la multitud en sus disparates. Le permite estar libre de la peor tentación para . errar, el conformismo. La ayuda mutua puede hacer avanzar una if investigación, pero no afecta a su carácter. El conocimiento es una relación entre el individuo y la naturaleza. La sociedad, su jerarquía y sus costumbres pueden a veces servir de ayuda, pero a menudo son más bien un obstáculo. Suplen el enfoque objetivo, la percepción lúcida. Sobre todo, la sociedad nunca constituye una autoridad o una justificación. Si la sociedad por sí misma, o alguna institución dentro de ella, se arroga este papel, es una usurpación a la que uno debe resistirse enérgicamente. La sociedad no tiene derecho a imponer su autoridad ni sobre la investigación ni sobre sus resultados. Ni sus puntos de vista, ni sus opiniones están autorizados. La verdad está fuera y por encima, no bajo el control político o social. Legitimar las ideas por autoridad o por consenso, o la creación social de la verdad, es una aberración.

Esta visión es tanto atomista como individualista. No sólo hace al individuo solitario un extraño en su propio mundo, separándolo de él, obligándole a afirmar su independencia; sino que también establece la soberanía de la parte sobre el todo. El todo está formado por las panes y debe su existencia y sus características a éstas. Los ladrillos del conocimiento -desde este punto de vista, el conocimiento debe usar algo así como ladrillos- son las sensaciones, percepciones o ideas individuales y aislables: entidades granulares de alguna manera, que acumulamos para formar grandes, y quizás sólidas estructuras. Estructuras que, no obstante .toda su posible grandiosidad, están compuestas en última instancia por átomos cognitivos y deben todo a ellos. Cualquier verdad que pueda ser afirmada de la totalidad depende de la verdad de los elementos que la constituyen.

El material del conocimiento empieza, por así decirlo, en una condición disgregada: la agregación o la totalidad se obtiene o se construye, pero no existe en un principio. Nada añade y la realidad última de la que está compuesta es, al fin y al cabo, atómica. Y aunque ésta no fuera una explicación verdadera de cómo las cosas acontecen en el tiempo, de la progresión efectiva hacia el descubrimiento, y si en un principio hubiera alguna totalidad indivisa, aun así la validez o cualquier justificación de ésta sólo podría ser establecida por división de las panes, considerando los méritos de las afirmaciones sobre sus constituyentes. Su unión no es más que una suma, pero una suma que no añade nada a lo que ha sido unido.

Separación, segregación, análisis e independencia están en el corazón de este enfoque. Todo lo que se pueda separar debe ser separado, al menos en el pensamiento, si no en la realidad. Los lazos inherentes, indisolubles, deben ser evitados. Alianzas y alineaciones, como aquellas que ocurren en una sociedad libre (de la que esta visión es a la vez un modelo y un apoyo y eco) son contingentes y se eligen libremente: no son ni prescritas, ni obligatorias, ni rígidas. Las ideas se comportan como hombres individualistas: independientes de estados o castas, se combinan libremente y libremente disuelven sus asociaciones. De manera semejante, las ideas contraen contratos libres y forman libres asociaciones entre ellas, antes que estar subordinadas por un estatuto impuesto sobre ellas desde arriba, por alguna teoría que posea más autoridad que ellas mismas.

El principal mecanismo para conseguir innovación y descubrimiento es la recombinación de elementos: para percatarse de la posibilidad de nuevas combinaciones, uno debe antes de nada no casarse con sus asociaciones habituales, no dejarse intimidar por ellas. Ni el hombre, ni los hechos, ni las ideas están autorizados a restringir el comercio agrupándose en gre mios y mejorando sus propias posiciones merced al monopolio. La libre asociación se aplica tanto a las ideas cuanto a los hombres: ni castas ni estados deben imponerse ni sobre nosotros ni sobre nuestras ideas.

El movimiento conocido como asociacionismo en psicología y filosofía de la mente podría igualmente bien haber sido llamado áísociacionismo. Este movimiento armó realmente un gran alboroto acerca del modo en el que la asociación de ideas yace en la base de nuestra construcción del mundo. Pero si pudo hacerlo fue precisamente por partir de un agudo sentido de la disociabilidad de todos los elementos. Era justamente porque el mundo había sido atomizado en los más pequeños elementos que podrían encontrarse o imaginarse, que después podía interpretarse nuestro entorno como el resultado de la agregación o asociación de aquellos elementos. Las asociaciones efectivamente encontradas eran tratadas todas como contingentes. Podrían haber sido otras que las que de hecho eran. Los grupos asociados no nos habían llegado como grupos, sino que habían sido ensamblados por nosotros; no tenían por sí mismos ni estabilidad ni autoridad. Tanto es así que podrían ser reordenados de nuevo. Los patrones que descubrimos no tienen una legitimidad permanente, y no pueden ser enraizados en la naturaleza de las cosas.

De hecho -desde este punto de vista- no existe algo así como la naturaleza de las cosas. Las constelaciones de cosas y las características que descubrimos en nuestro mundo no constituyen un don divino, y en ese sentido un orden sagrado y normativo, sino que son un producto accidental de la interacción de fuerzas naturales. Exploramos el mundo contemplando los patrones efectivos como variantes contingentes de factores más profundos, que exploramos reorganizando los patrones efectivos en experimentos reales o imaginarios. La libre experimentación es análoga al libre comercio, cada uno conduce al crecimiento en su propio ámbito, la libertad y el crecimiento se ayudan mutuamente. Ambos se oponen a la imposición de normas sagradas o rígidas, ya sea basadas en la tradición o en la revelación.

Esto es lo que distingue la visión atómica del modo más frecuente de ver el mundo que acepta las conexiones habituales como inherentes a la naturaleza de las cosas, y tiene poca, si alguna, sensibilidad para con la contingencia y fragilidad de estas asociaciones, además de no atreverse a experimentar con ellas. Las culturas congelan las asociaciones dotándolas de un aire de necesidad. Convierten simples mundos en hogares, don de los hombres pueden sentirse a gusto, lugares a los que pertenecer más que explorar, donde cada cosa tiene su sitio y forma parte de un sistema. Esto es lo que es una cultura. Por el contrario, la filosofía atomística deshace y corroe estas conexiones. El individualismo atomista es corrosivo para las costumbres y las culturas. Esta visión, aunque facilite el crecimiento del conocimiento y de la eficacia productiva, debilita la autoridad de las culturas y hace el mundo menos habitable, más frío y ajeno.

El modo de mirar romántico

Profundamente opuesta a la teoría atómica del conocimiento, está lo que podríamos llamar la visión orgánica. En primer lugar, esta visión rechaza el individualismo de su rival. Ningún hombre, y menos cuando se embarca en conocer y comprender el mundo, está aislado. El conocimiento es esencialmente un juego de equipo. Cualquiera que observe, investigue e interprete el mundo despliega la carga conceptual de su comunidad lingüística y cultural. No puede entender las reglas de estas operaciones por sí solo, en el caso de que pudiera entenderlas. Estas reglas, antes que ser herramientas creadas por él mismo, operan a través de él. Su sabiduría es mayor que la suya propia.

Ningún individuo solo es capaz de pensar el sistema de ideas requerido para construir un mundo: sólo el saber inconsciente de una cultura y una lengua es capaz de tal logro. El hombre no puede actuar por sí mismo salvo que se apoye en, e inte-ractúe con, los otros participantes de este juego colectivo. El conjunto de ideas de una cultura, de una tradición histórica, de una comunidad en marcha, actúa a través de él. Él es su agente y no puede ser su autor ni siquiera, quizás, su crítico.

Asimismo, los objetos empleados en la construcción del mundo no son una unión homogénea de elementos similares diferentes sólo en ciertas cualidades como color, forma, dureza… tal y como quisieron presentarlo el enfoque individualista o atomista. Por el contrario, los elementos constituyentes forman un sistema cuyas partes guardan una íntima e intrincada relación entre ellas. La separación de todo lo separable no es la clave de la sabiduría, sino del disparate. Cualquier gran esfuerzo en esta dirección es un síntoma de pobreza de espíritu, de estrechez de miras, una falta a fin de cuentas de verdadero entendimiento y comprensión. Una mente y un corazón sensible mira y siente la totalidad, aprecia la conexión del todo con sus partes, y no se afana en romper con esta unidad.

La necesidad de los dos estilos

Los verdaderos problemas intelectuales a los que se enfrentan las sociedades modernas consisten, en gran medida, en las relaciones entre los dos estilos, entre, por una parte, el universalismo atomista, que ayuda a explicar el éxito de la nueva ciencia y de este modo adquiere una cierta autoridad, reforzada además por la superioridad de la economía de mercado sobre una economía dirigida, centralizada y orientada socialmente, y, por otra parte, por el anhelo de significado, coherencia social, la fusión de valores y hechos, la absorción del individuo en una comunidad que le procura afecto y apoyo y que poco a poco se transforma en su contexto natural. Estos son los términos de referencia de nuestros problemas. Cualquiera que proponga uno de ellos ignorando y rechazando el otro tiene poco que decirnos. Esto pudo haber sido posible alguna vez, pero ya no lo es más.

Considerar un modelo u otro como suficiente por sí mismo es un error garrafal, que realmente no debe ser tolerado más. Cómo debamos utilizar ambos modelos es una cuestión sumamente difícil. El individualismo probablemente nos da la respuesta correcta a la cuestión de cómo el conocimiento válido y poderoso realmente funciona y, en cuestiones de cognición, merece algún tipo de autoridad normativa. Pero no puede concebiblemente llenar nuestra vida. Los individuos como tales no tienen propósitos o necesidades, más allá de las más crudas necesidades biológicas. Lo que les hace posible autorrealizarse y les ofrece satisfacciones, son los valores inculcados por las culturas variables y contingentes. Una vida satisfactoria es aquella que suministra los medios para interpretar un papel en una cultura/obra, un papel agradable para el actor. Este hecho se ha oscurecido en nuestra cultura por la nivelación igualitaria de los papeles sociales, lo que ha permitido a las personas buscar reconocimiento principalmente a través de la adquisición de bienes. Esto crea la ilusión de que esos bienes son en sí mismos deseables y satisfactorios.

Las culturas/obras y sus sistemas de papeles sociales pudieron, una vez, absolutizarse e imponerse firmemente a los indi viduos, pero ya no es más así. Nuestra actitud hacia las culturas es irónica. No aceptamos ninguna exigencia absolutista que pudiera hacer, aceptamos las culturas como quien acepta llevar determinada indumentaria y nos sentimos libres de variar nuestros estilos de vestir. Las afirmaciones cognitivas dentro de ellas las tratamos con reserva, en el conocimiento o en cuestiones cognitivas, un estilo intelectual en particular es soberano. Este estilo ha demostrado su superioridad debido al increíble poder de la tecnología que ha engendrado. Sin embargo, no es todopoderoso. Por razones que no están totalmente claras, los intentos de extender este estilo en la esfera de los fenómenos sociales y humanos no ha resultado claramente exitoso. Complejidad, libre albedrío, retroalimentación, el hecho de que los fenómenos se constituyen a sí mismos a partir de los significados que les dan los participantes, todas estas causas (probablemente superpuestas) se invocan para explicar esta peculiaridad. Nadie sabe si esta peculiaridad es por principio -la tarea sería en ese caso inherentemente imposible- o si con el tiempo podrá ser remediada.

Sea como fuere, debemos de momento vivir con esta peculiaridad, bien sea temporal o permanente. El hecho de que ni nuestros valores, ni nuestro estilo de vida, ni nuestra comprensión de nuestro medio social pueda ser completamente vinculada, o vinculada sin más, al mejor y más respetado tipo de comprensión de nuestro medio natural constituye un problema. Tenemos que vivir con ese problema, exista o no exista una solución teórica convincente: cada sociedad, e incluso cada individuo, mantiene implícitamente algún tipo de compromiso en este asunto, pueda o no articularlo o defenderlo. Pero un filósofo que absolutice sucesivamente cada uno de los dos extremos de la posición, y pretenda en cada ocasión que esa revelación esté más allá de la duda y libre de tensión, mal interpreta por completo nuestra condición. El llevó hasta sus últimas consecuencias las dos opciones en orden inverso y decretó que la opción romántica constituía la normalidad, y la universalista, una enfermedad del lenguaje. Proyectó su evolución bastante rara sobre la historia del pensamiento…

Dos modos de mirar la verdad

La verdad es exactamente lo opuesto. Los núcleos sociales orgánicos, independientes social y conceptualmente, no pueden arreglárselas ni con sus conflictos internos ni externos. La noción de una verdad que trasciende a la cultura surge en parte para arreglárselas con los problemas resultantes… y en parte para ayudar a explicar los logros de la ciencia. Si el individualismo racionalista puede con esos problemas genuinos, y si es así hasta que punto, es una cuestión abierta. Pero una cosa es cierta; éste no puede ser rechazado como una mala comprensión del lenguaje. ES, por el contrario, una parte central e inmensamente importante de nuestra cultura. (“Lenguaje y soledad”, Ernest Gellner, editorial Síntesis. )

Interesado enlazar con: Persona e imaginación.