Fundamentalismo, fragmento una novela de F. Mernissi

Fatema Mernissi, (Fez 1940) es novelista y socióloga. Se educó en una escuela coránica y, ya de mayor, a la edad de 20 años, comenzó a estudiar los “saberes” occidentales. Se doctoró en la Universidad de Brandeis, Francia. En esta novela nos cuenta cómo es la vida de las mujeres en un harén a través de la narración de la niña protagonista. A continuación os ofrezco un breve fragmento de la novela: «Sueños en el umbral».

“Entonces, sin dar tiempo a Lalla Maní a cobrar fuerzas para contraatacar, Chama exponía su teoría sobre cómo había empezado a funcionar el primer harén. Entonces sí que se ponían mal las cosas, porque tanto Lalla Maní como la madre de Chama empezaban a gritar que aquello era un insulto a nuestros antepasados, una burla a nues­tras tradiciones sagradas. La teoría de Chama era realmente muy interesante, y a Samir y a mí nos encantaba. Hace muchísimo tiempo, soste­nía ella, los hombres luchaban continuamente entre sí. Ha­bía mucho derramamiento inútil de sangre, de modo que un día decidieron nombrar un sultán que organizara las cosas, que ejerciese la sulta, o autoridad, y dijera a los demás qué tenían que hacer. Todos tendrían que obedecerle. «¿Pero cómo decidiremos quién de nosotros será el sultán?», se preguntaron los hombres cuando se reunieron a considerar este problema. Reflexionaron hasta que a uno de ellos se le ocurrió una idea; «El sultán ha de tener algo que los demás no tengan», dijo. Reflexionaron un poco más, hasta que a otro hombre se le ocurrió otra idea: «Deberíamos organizar una competición para capturar mujeres —propuso—, y aquel que consiga más será nombrado sultán». Los hombres decidieron que era una idea excelente. «Cuando echemos a correr todos por el bosque para cazar mujeres, nos dispersaremos. Necesitamos una forma de inmovilizar a las mujeres una vez atrapadas, para poder contarlas y decidir quién es el vencedor.» Y así surgió la idea de hacer casas. Hacían falta casas con puertas y ce­rraduras para encerrar a las mujeres. Samir dijo entonces que habría sido más fácil atar a las mujeres a los árboles, puesto que tenían las trenzas tan largas; pero Chama re­plicó que antiguamente las mujeres eran muy fuertes, porque corrían por el bosque igual que los hombres, y que si atabas a dos o tres mujeres a un árbol, podían arrancarlo. Además, hacía falta mucho tiempo y mucha energía para atar a las mujeres fuertes, que podían arañar la cara a su captor o darle a éste una patada en cierto lugar innombra­ble. Era mucho más fácil alzar muros y meterlas dentro. Y eso fue lo que los hombres hicieron. Se organizó la competición en todo el mundo y los bi­zantinos ganaron la primera vuelta. Los bizantinos, que eran los más detestables de todos los romanos, vivían cer­ca de los árabes en el Mediterráneo oriental, donde jamás desaprovechaban la ocasión de humillar a sus vecinos. El emperador de los bizantinos conquistó el mundo, capturó gran número de mujeres y las metió en su harén para de­mostrar que era el jefe. Oriente y Occidente se sometieron a él. Oriente y Occidente lo temían. Pero transcurrieron los siglos y los árabes comenzaron a aprender el modo de conquistar territorios y cazar mujeres. Se hicieron exper­tos en ello y soñaban con conquistar a los bizantinos. Fi­nalmente, el califa Harun al-Rasíd tuvo ese privilegio. De­rrotó al emperador romano en el año 181 del calendario musulmán (798 del gregoriano) y siguió conquistando otras regiones del mundo. Y cuando ya había reunido mil jaryas en su harén, construyó un gran palacio en Bagdad y las instaló allí, para que nadie dudara de que él era el sul­tán. Los árabes se convirtieron en los sultanes del mundo y reunieron más mujeres. El califa Al-Mutawakíl encerró cuatro mil. Al-Muqtadir consiguió recluir once mil. El mundo estaba impresionado; los árabes daban las órde­nes, los romanos las acataban. Pero mientras los árabes estaban ocupados en ence­rrar a las mujeres, los romanos y los demás cristianos se reunieron y decidieron cambiar las reglas del juego del poder en el Mediterráneo. Declararon que ya no era im­portante la reclusión de las mujeres. A partir de ese mo­mento el sultán sería aquel que pudiese construir las ar­mas y las máquinas más potentes, incluidas armas de fuego y grandes naves. Pero los romanos y los demás cris­tianos decidieron no explicar el cambio a los árabes; lo guardarían en secreto para pillarlos por sorpresa. De modo que los árabes se durmieron creyendo que conocían las re­glas del juego del poder. En este punto Chama se interrumpía, se ponía de pie de un salto y comenzaba a representar la historia para Samir y para mí, ignorando casi por completo a Lalla Mani y a Lalla Radia, que protestaban enérgicamente. Tía Habiba, entretanto, fruncía los labios para disimular la risa. Chama entonces se alzaba la qamis de encaje blanco para poder saltar al diván vacío. Se echaba como si fuera a dormir, hundía la cabeza en uno de los grandes cojines, se tapaba el rostro con el rebelde cabello rojizo, y decla­raba: —Los árabes están durmiendo. Cerraba los ojos y se ponía a roncar, para acto seguido incorporarse y mirar alrededor como si acabase de des­pertar de un sueño profundísimo; clavaba la mirada en Samir y en mí como si nunca nos hubiera visto. Finalmente, hace unas semanas, los árabes desperta­ron —decía—. Los huesos de Harun al-Rasid son polvo y el polvo se ha mezclado con la lluvia. La lluvia corre hacia el río Tigris y luego hacia el mar, donde todas las cosas grandes se hacen minúsculas y desaparecen en las olas embraveci­das. Un rey francés gobierna ahora nuestra región del mun­do. Su título es Président de la République Francaise. Tiene en París un palacio enorme llamado el Élysée ¡y tiene, oh sorpresa, una sola esposa! Ni un solo harén a la vista. Y esa única esposa se pasa el tiempo recorriendo las calles con una falda corta y un gran escote. Todos pueden mirarle el trase­ro y el pecho, pero a nadie se le ocurre pensar ni por un ins­tante que el presidente de la república francesa no es el hombre más poderoso del país. El poder de los hombres ya no se mide por el número de mujeres que pueden encerrar. ¡Pero esto es noticia en la Medina de Fez porque los relojes siguen parados en la época de Harun al-Rasid! Chama saltaba entonces otra vez al diván, cerraba los ojos y volvía a esconder la cara en el cojín de seda estam­pada de flores. Silencio. Era una actriz excelente y a Samir y a mí nos encantaba su historia. Yo siempre la observaba atentamente para aprender a expresar los movimientos. Había que utilizar las palabras y gesticular al mismo tiem­po. Pero a los demás la historia de Chama no parecía entu­siasmarlos tanto. Su propia madre, Lalla Radia, se horrori­zaba primero y luego se indignaba, sobre todo cuando mencionaba al califa Harun al-Rasid. Lalla Radia era una mujer culta que leía libros de historia, algo que había aprendido de su padre, que era toda una autoridad religio­sa en Rabat. No le gustaba que la gente tomase a broma a los califas en general y a Harun al-Rasid en particular. —¡Oh, Alá! —exclamaba—. Perdona a mi hija, que una vez más ataca a los califas y confunde a los niños. Dos pecados igualmente monstruosos. Qué idea tan distorsionada de sus antepasados tendrán los pobrecitos si Chama sigue con esto. Lalla Radia nos pedía entonces a Samir y a mí que nos sentáramos a su lado para explicarnos la versión correcta de la historia y hacernos amar al califa Harun. —El fue el príncipe de los califas —decía—. El con­quistó Bizancio e hizo ondear la bandera musulmana en las capitales cristianas. Insistía también en que su hija estaba completamente equivocada en cuanto a los harenes. Los harenes eran ma­ravillosos. Todos los hombres respetables se ocupaban de que sus mujeres no tuvieran que salir a la calle, siempre tan peligrosa e insegura. Les procuraban palacios precio­sos con suelos de mármol y fuentes, buenos alimentos, vestidos bonitos y joyas. ¿Qué más necesitaba una mujer para ser feliz? Sólo las mujeres pobres como Luza, la es­posa de Ahmed, el portero, necesitaban salir a trabajar y ganarse la vida. Las mujeres privilegiadas se ahorraban ese trauma. A menudo Samir y yo nos sentíamos abrumados con todas esas opiniones contradictorias y procurábamos or­denar un poco la información. Los adultos eran muy de­sordenados. El harén tenía que ver con los hombres y con las mujeres, eso era evidente. También tenía que ver con una casa, muros, y la calle, eso también era evidente. Todo eso era bastante elemental y fácilmente comprobable: uno levanta cuatro paredes rodeadas de calles y tiene una casa. Luego encierra en la casa a las mujeres y deja salir a los hombres y obtiene un harén. Pero ¿qué ocurriría, me atreví a preguntar a Samir, si pusiéramos a los hombres en la casa y dejáramos salir a las mujeres? Samir respondió que estaba complicando las cosas justo cuando empezá­bamos a entender algo.” (Fatema Mernissi “Sueños en el umbral”, Muchnik Editores)