Los niños y la filosofía en “El mundo de Sofía”

“Puntualizo: aunque las cuestiones filosóficas conciernen a todo el mundo, no todo el mundo se convierte en filósofo. Por diversas razones, la mayoría se aferra tanto a lo cotidiano que el propio asombro por la vida queda relegado a un segundo plano (…).

Para los niños, el mundo y todo lo que hay en él es algo nuevo, algo que provoca su asombro. No es así para todos los adultos. La mayor parte de los adultos ve el mundo como algo muy normal.

Precisamente en este punto los filósofos constituyen una honrosa excepción. Un filósofo jamás ha sabido habituarse del todo al mundo. Para él o ella, el mundo sigue siendo algo desmesurado, incluso algo enigmático y misterioso. Por lo tanto, los filósofos y los niños pequeños tienen en común esa importante capacidad. Se podría decir que un filósofo sigue siendo tan susceptible como un niño pequeño durante toda la vida.

De modo que puedes elegir, querida Sofía. ¿Eres una niña pequeña que aún no ha llegado a ser la perfecta conocedora del mundo? ¿O eres una filósofa que puede jurar que jamás lo llegará a conocer?

Si simplemente niegas con la cabeza y no te reconoces ni en el niño ni en el filósofo, es porque tú también te has habituado tanto al mundo que te ha dejado de asombrar. En ese caso corres peligro. Por esa razón recibes este curso de filosofía, es decir, para asegurarnos. No quiero que tú justamente estés entre los indolentes e indiferentes. Quiero que vivas una vida despierta”. (J. gaarder: El mundo de Sofía. Madrid, Siruela.)

Normalidad y competitividad en nuestra sociedad

Vivimos en nuestra sociedad la experiencia de repartir por igual, “el respeto”, la libertad de expresión, a elegir cómo queremos vivir, a expresarnos originalmente, etc.

Todos somos iguales. Esto se puede apreciar en algunas expresiones que oímos y que decimos en nuestra vida cotidiana y común; como por ejemplo: “No tengo por qué compararme con nadie”; “todas las comparaciones son odiosas”;“nadie es más que nadie” o “yo no tengo que admirar a alguien”, etc.

Con respecto a lo que es “normal”se oye en el mismo contexto: “es una persona normal”; “es una persona de lo más normal”, etc.

Si todos somos iguales y normales, y no estamos dispuestos a reconocer que alguien pueda, deba o quiera sobresalir; si no tenemos a nadie o a algo que admirar, que imitar, que seguir su modelo de conocimiento o sabiduría como algo mejor… Esto es, “a la antigua”:

Competitividad, miedo y autoestima

Podrían darse como consecuencias a la indiferencia competitiva, al menos, las dos cosas siguientes:

  1. Que el miedo al fracaso se convierte en una, tan extendida, falta de autoestima: que me esté prohibido hacer algo diferente y sobresaliente, que el mérito y el esfuerzo por acercarnos al modelo ideal, nos suma en la falta de amor propio y orgullo suficientes como para alcanzar esa autoestima tan cara en nuestros días. El miedo paraliza, me arrebata la posibilidad de buscar motivos para la acción, no sólo para la acción política, sino también para mi propia acción personal. Seducidos y fascinados, estamos atrapados y presos entre la masa de gente igual, y la necesidad real de sobresalir. Puede que por eso, no “sepamos”, qué hacer.
  2. Que terminemos por obedecer, por ser sumisos, y conformarnos con pertenecer a una masa de gente “igual” y “normal” que sirve – en el sentido de servidumbre- a un mercado económico al que le resulta cada vez más fácil calcular y predecir nuestros gustos y necesidades como consumidores. Los poderes económicos pueden producir sus mercancías – tanto materiales, como virtuales- en serie, en cadena, todas iguales también; reduciendo costes y maximizando beneficios.