Cuando Marcos rebuscaba en el aire algo con lo que intoxicar la mente socarrona de Sergio, éste se ponía a temblar a la vez que se preparaba para contraatacar. La lucha que mantenían desde hace tanto tiempo, se daba en el ámbito del discurso retórico y ofensivo; ambos sabían del poder de las palabras bien elegidas, bien dirigidas y bien directas al blanco, y apuntaban lo mejor que sabían.


Una día, por ejemplo, en uno de esos lances en este juego profesional-personal que interpretaban, Marcos le dijo lo siguiente:

— ¿Sabes por qué nadie te quiere, ni te estima?

— A ver…¿por qué? – Contestó Sergio desafiante, como estrategia, por supuesto.

Porque eres como un troll, un genio maligno, un mallware, y, por si esto fuera poco, un pájaro de mal agüero.


Con Sonia, Sergio tenía una limpia y espontánea amistad que se forjó cuando estuvieron trabajando juntos en el departamento de programación visual básica.

Hay amigos que surgen con naturalidad y no solamente con el tiempo y el roce, como suelen decir con razón.

Sonia era la Manager-Director de la Antitroller Corporation, ni más ni menos; vamos, casi la segunda a bordo y mano derecha del gran jefe creador de la empresa.


— ¿Así que te dijo eso, el muy cabrón? Eso es lo peor que se le puede decir a nadie. ¿Te vas a quedar así, sin hacer ni decir nada? — Dijo Sonia bastante enojada. ¿Si quieres le mando un “recadito” desde las altas esferas?

— No Sonia, sé apañármelas. Al fin y al cabo yo soy, como sabes, un buen anti-troller y no veo que Marcos pueda ser rival profesional para mí en esta empresa.

— Pues por eso, dale caña. ¡Contéstale!

— Sonia escucha, he decidido “amar al troll” – dijo esperando su sorpresa y no muy seguro de su retórica para con ella.

— ¿Amar al troll? Estás perdiendo la cabeza. Lo que tienes que hacer es darle fuerte para que , al menos, esté un tiempo sin humillarte.


En la reunión semanal interdisciplinar prescriptiva, Marcos y Sergio tuvieron que coincidir inevitablemente. La pizarra estaba trazada con los organigramas para la planificación en marketing, algo que no seducía precísamente a Sergio, y que sin embargo, sí gustaba de ella a Marcos.

Cuando se tropezaron embotellándose en la puerta con el resto de los asistentes, Sergio aprovechó para replicar a lo dicho en aquella ocasión primera.

— ¿Sabes? — le dijo. ¿Te acuerdas que me dijiste que nadie me querría y alguna cosa más?

— ¡Pues no! ¿Por qué habría de recordarlo, miniatura? — Le espetó Marcos con calculado desprecio en grado y cualidad.

— Pues oye esto. A partir de ahora voy a “amar al troll”, a mi troll naturalmente. Voy a amar a mi pájaro agorero, a mi mallware, y a mi maligno, como si de mí mismo se tratara.

— ¡Deliras, tonto con gorra de cuadros! — dijo Marcos con el máximo desdén del que fue capaz de reunir en ese momento.


Sergio, que empezaba a aburrirse, ultimó el turno dialéctico de este modo absurdo, escueto y epatante:

—¡Cuida de tí! ¡LLega a ser el que eres! ¡Pues así lo perderás todo!

Y sin más se alejó… En un sentido derrotado, pero en otro, descansado y en paz.