El comisario Strasen se detuvo frente al cuadro. Lo miró de arriba a abajo fijando la mirada en lo que más resaltaba: ese animal tan extraño que lo miraba desconfiado y sabio.

Entre él y el cuadro, sentada en un banco, una señorita trajeada en falda y chaqueta gris con moño perfecto en su pelo, le daba la espalda.

Ella se levanta y se acerca para ver el título del lienzo leyendo: Are you really syrius?

El comisario la fotografiaba de vez en cuando para completar el expediente de la futura detenida.

Marlen huía de la barbarie civilizatoria del nuevo imperio de las PWAs bajo la acusación de “ser Gipsy” o “húngara”. La resistencia de los Gipsys a incluirse en el yugo de las PWAs-Alemán hizo saltar las alarmas de las centrales corporativas; y había sido Strasen el encargo de su vigilancia, seguimiento y posterior detención.

De repente, ella se giró, y a sabiendas de que era seguida y perseguida preguntó a su vigilante si sabía algo del cuadro; que si podía darle alguna interpretación; “porque ella no lo tenía muy claro”. En el otro orden de las cosas, “claro sí lo tenía”; sería detenida, seguro. Esto sabemos que se repite cíclicamente; y que aunque no se sabe el cuándo exacto, sí se sabe que “más pronto que tarde”.

— Pues no señorita, no tengo ni idea—Contestó Strasen ipertérrito.

Marlen recordó de súbito los versos de su amado, al que abandonó muy a su pesar:

“La novia del viento,

la rosa del árbol,

la reina de los animales:

no me dejes nunca,

aun siendo salvaje

como eres, mi amor”.

Había llegado la hora. Strasen extrajo las esposas del maletín marrón, y en medio de la confusión que del cuadro irradiaba, aprovechándose del gran arte que en él había sido dado, se las puso y la arrastró sin violencia excesiva pero con firmeza categórica y puritana hacia la salida del museo.

Fuera la furgoneta policial. Dentro el recuerdo de la persecución, del arte imposible y del amor todavía más imposible.

Fuera hacía frío. La nieve sucia caía a ritmo descompasado: a rachas de muy distinta velocidad y dirección.

“Adiós a mis amigos los animales y a mi amor “gipsi”—Pensó Marlen, sumiéndose inmediatamente en un estado voluntario de surrealismo ensoñado y opiacio.