Armando se encontraba en su habitación como a él le gustaba, solo y lejos de sus padres. Su hologram-movil, su instagram, sus deberes por hacer, su violín parado e inerte en su funda, sus estudios y más estudios, y su padre, que ya se le oía desde lejos acercársele desde el otro extremo del modular home.

Hasta arriba de trabajo: el instituto, el conservatorio, el hologram-movil, su instagram, etc; para qué repetirlo.


Su madre, en un arrebato extrañísimo le había regalado lo que ella llamaba un “atril”; y allí estaba éste, en un rincón, esperando a que la inquietud tan típicamente armandesca cesara y le diera al detalle materno su oportunidad.

Tenía que reconocer que el “objeto ese” le ponía nervioso. Le daba miedo…incluso lo amedrentaba, ponía su valor a prueba. Una sed como con ganas de repetir se apoderó de él. Quería quitarle el papel regalo que lo envolvía…¿ Pero “ganas de repetir” de qué? No era la primera vez que le hacían un regalo…¿Entonces?


¡Vale! – se dijo; y se fue a darse una ducha.

Siempre tan valiente, siempre tan predispuesto para el combate, siempre con la autoestima un poco baja.

Duchándose improvisó una cancioncilla apenas farfullada, y entonaba bien y con esta letra:

Siempre tan pecho,

Siempre tan techo.

Siempre tan macho,

Siempre maltrecho.


Talento para el canto no le faltaba. Y tenía mucho oído. Solo en la ducha, anegando el suelo del baño con tanto canto, tanto movimiento y tanto tiempo bajo el agua que se escaldó, decidió que debía imperiosamente abrir el regalo de mamá inmediatamente. No quería reconocerlo, pero se moría de ganas por saber cómo era esa cosa.

“Atril de madera”, eso ponía apenas pudo entrever lo oculto en el interior. ¿Y qué coño es un atril? ¿Y qué será “la madera”, si es que es algo, claro? Su madre estaba desquiciada, hacía ya tiempo que debería haberse dado cuenta.

Bien, al fin, lo extrajo de la caja regalo y lo armó como pudo, a saber, colocó la parte cuadrada y más gruesa y pesada, sobre la más fina y alargada. No quedaba mal. Su madre parecía que había acertado. Un atril de madera, algo desconocido, se le entregó como una cosa muy útil.

Porque al mirar su parte trasera, ponía en letras labradas: “Silencio, sujeto humano Armando ensayando con su violín”. (Y es que la industria juguetera se había puesto las pilas últimamente).

¡Pero que agradable de tocar así! — pensó incrédulo nuestro personaje.


¡Pero que muy, muy agradable de tocar! – repitió estusiasmado.

Y empezó a sonar en su violín su primera armonía que nunca olvidaría. La canción la tituló: “Siempre tan macho, siempre maltrecho”.

La policía PWA