Esta tarde noche el profesor Eddington se hallaba en su estado preferido: el material mental.

Había oído ese mismo día una frase que no se podía quitar de la cabeza; algo así como: «yo no me levanto de la cama para hacer algo normal». ¿Pero qué loco o loca podría hacer dicho una cosa así? ¿Un camarero o camarera? ¿Y por qué no un regente de una oficina de correos?

Lo más posible es que fuese la frase de algún transhumano transtornado. Esta última hipótesis, por ser la más simple era a la que le seguiría la pista a través del campo material mental que todo lo componía.

«Pero.. ¿qué es esto? ¿Es normal?» –se decía. «No, esa no es la pregunta.» No me levanto de la cama para hacer algo norma. La civilización está hecha por la gente nerviosa. Si no fuera por esta gente, todavía estaríamos en la selva.»

En la cama se fumaba un cigarrillo con toda su alma: «hay dos tipos de personas, los que quieren el dinero y los que no saben lo que quieren» –la materia mental pensaba por sí sola, como pensaban los antiguos, que creían que la luna brillaba por amor, o porque quería, o porque había sido nuestra madre. «Somos creadores de músicas y fabricantes de sueños, que vagamos por desnudos arrecifes y nos sentamos junto a corrientes desoladas; perdedores y a la vez salvadores, en este mundo sobre el que brilla la luna (…)»

La mente material repasaba por él las frases, que eran para ella también como fuerzas de campos eléctricos, que se expanden, chocan, que interfieren conversaciones, que se entristecen por la humillante tarea del trabajo del motor; por su rutina de todos los días, tan ingrata y pobre.

Cuando Eddington se hallaba en sus estados místicos era imposible consolarle. Lo primero que preguntaba es quién era lo que quería consolarle. Y lo segundo, qué era quien deseaba aliviar su extraño y absurdo dolor de gente nerviosa.

Para hacer algo normal es, con exactitud, para lo que uno se levanta de la cama. «Mira Eddington –le susurraba su materia mental– la gente cena, charla con su familia, friega los platos, pone el despertador, se fuma un cigarro en la cama, se dice que no debería acostarse para levantarse y hacer algo normal, y se duerme tranquilamente. ¿Eres francés Eddington? ¿Amante de la cultura francesa? ¿Un afrancesado si fueras español?»

El misticismo del físico Eddington no llegaba a ser claro, ni turbio. En sus estados materiales mentales su materia mental le ponía la suave corriente de los dolorosos misterios de vida; misterios que deseaba aprehender con locura, misterios que eran en lo que más le gustaba pensar; como un loco o un camarero en un desierto sediento y deshidratado.

–Es la gente práctica quien guía nuestros pasos, Eddington. Es esa gente que quiere el dinero. Son ellos, no nosotros, los nerviosos, los que hacen la historia para el bien o para el mal. Y por ello, ellos son recordados con amor o con odio. A ellos les levantan los ídolos que adoramos los extravagantes y transhumanos estropeados — así decía su pensar.

–Pues si cuando vayas a levantarte de la cama, no quieres hacer algo normal, haz algo anormal, haz algo fuera de lo común subnormal, limpia el mundo o la casa, pásale la trapo a las paredes del baño, del mundo, de la materia mental — insistía su fluir místico.

El ama de llaves del profesor ya no podía seguir oyendo las quejas de un físico místico. Hubiese preferido oir las falsas o medias verdades promesas de los hombres prácticos, o las mentiras de los charlatanes para financiarse unos durillos.

— Tómese la medicación híbrida, profesor. —le rogó el ama enfermera.

El profesor, sentado en el exterior del sanatorio, mirando el extenso y verde parque que se desplegaba ante él, como si fuera el gran y enorme espíritu absoluto del gran y enorme Hegel, gozaba de la totalidad de las suaves ondas de las hojas de los árboles movidos por el viento. Con el lejano azul detrás de las montañas. «¿Qué es esto?» — su materia mental, pues ella también comprendía, le sorprendía con la frase: «Pues a mí ahora no me da la gana tampoco levantarme de la cama para hacer algo normal».

Que la física mida y calcule con éxito tantas cosas es algo parecido a lo que es el contable de la universidad en la universidad. Aunque allí nadie es normal, el contable no es la universidad, normal o no.

Los hombres prácticos no paran de llamar a nuestras puertas para pedirnos no sé qué cosas sin importancia. Ellos sí saben levantarse de la cama. «Son unos vividores, eso es lo que son»–se decía.

«Mi nación, mi cultura, mis hermanos amados, mis camaradas, ¿dónde están? La primera guerra se los llevó al otro lado de las montañas, lentamente, siguiendo y siguiendo, y teniendo que seguir la suave inercia del viento que mueve las verdes hojas, de los verdes árboles. Con ese swing tan vital y hermoso».