Huido de la justicia, el teniente de las fuerzas aereas Marcus Vuelvy, debía de hallar el culpable de la conspiración absurda de la que había sido objeto. Emboscado y oculto, trataba de ponerse en línea a través del servidor FTP con Sara, su por ahora y esperaba que para siempre, único recurso amigo.

Marcus operaba volando en el aire con su GranDron -y grande que era, por cierto- para el archivo central del gran servidor, más conocido como Klenny, “el que todo lo sabe”, y oficialmente como PWA. Ya conocemos el antiquísimo y gastado dicho de que “la información es poder”, pero de lo que no estábamos al corriente es de que las ftps, los phps, y los enormes e inquietantes Publics World Admins eran los que se ocultaban bajo rubios rostros femeninos, que hacían pasar por presidentas, para mandar a espaldas de los estados.

El caso es que a Marcus le gustaba disfrutar de la vida, del sexo, de las drogas, etc; aunque, a decir verdad y para desconsuelo de los más puritanos, no abusaba de todas estas cosas, manteniendo cierto equilibrio psicótico. Ya todos, en el mundo dominado por los PWA, habían abandonado la psicología y se las tenían que arreglar con la psicopatología; mejor para todos. Visto así, sentido tenía: lo que cuenta es la normalidad y la cantidad de iguales en la población tan abundante: megapsicópatas desviados los habrá siempre, eso estaba claro y demostrado por la antropología, la que había perdido uso, y la de moneda vigente.

Excepto Sara, todos los compañeros del teniente Marcus no comprendían lo que estaba pasando. Él era “un liberal”, de acuerdo, algo “excéntrico” y follador, pero todo casi dentro de los límites permitidos a un oficial de su rango. Un subteniente compañero de Marcus tuvo una visión. ¿Con lo vividor que es, no se habrá metido en la cama con alguna pez gorda, o con la mujer de algún tiburón?

Pues en efecto, la señora de los hechos era la mujer del tercero de abordo de las PWA: Natalia. Verdaderamente – pensó el subteniente- Marcus tenía buen gusto: rubia, vivaracha, alegre, borracha, y con una formación cultural que ya querrían muchos tener.

Los sucesos se precipitaron. Ahora tampoco hallaban a Natalia. La muy marrana se había fugado engatusando a un triste burócrata e inocente programador de géneros artificiales VPAs que tenía un apartamento algo triste y oscuro, en la órbita próxima , a tan solo cuatrocientos kilómetros de distancia de la cáscara terrestre.

Cuando enlazaron con Sara y ésta levantó el pastel, el ventilador, o como haya de decirse, el marido tercero de a abordo de la gobernadora mundial pronto ordenó que cesara la persecución sobre el pobre Marcus Vuelvy.

Un final feliz para nuestro nano-protagonista. Pero que no se descuide para otras ocasiones, por si acaso.