Hace ya muchos años que me pidieron este informe para las PWAs. Salvatore ha insistido tanto, desde su cuarto o quinto divorcio sobre todo, que ya me es imposible negarme a ofrécerselo generosamente por más tiempo.

En épocas pasadas trabajé largos intervalos en distintas instituciones ligadas a las PWAs, a sus instituciones derivadas, a la Herpe; a esta última es a la que actualmente todavía me debo.

Se me pide una historia que dote de continuidad a nuestro objeto de estudio en todas sus variantes. Pero esta historia es difícil de trazar. La memoria es frágil en estado natural, difícilmente sustituible en estado artificial-técnico, y a medio y largo plazo viene obstaculizada de múltiples formas debido a Wallace.

El informe que me han solicitado ha caducado para su finalidad. Es decir, ya no sirve. Se lo dije a Salvatore, el director de la Herpe, a todos; pero siguen empeñados en que nuestra disciplina se justifique, asiente sus bases y se conserve institucionalmente. “¿Para qué?” -pienso para mí.

Nuestro objeto de trabajo está cambiando. Tenemos que dejar paso a los “nuevos” que vienen pisando fuerte, con sus descubrimientos imaginativos y creaciones que se sitúan en simpatía con nuestros antiguos “pacientes”. El tiempo de la sociedad psicopática pasó: ya no hay enfermos psicóticos; ahora son todos “otros” artistas. A las sociopatías les pasa lo mismo: ya casi no hay. La población entera es una sola mente creadora lanzada hacia delante emotiva, inteligentemente; lanzada hacia el futuro prometedor de un sorprendente salto tecnológico. No puedo transpasar todos los conceptos de la experiencia psicológica a las nuevas creaciones interpretativas artísticas. La Herpe, en realidad, debería de desaparecer para dejar paso a otro tipo de academia: de tipo estética o quizás incluso estética-religiosa.

Por eso he dilatado la redacción del penoso informe que se me pide. La ley ha mutado. La psicopatología no puede hacerse cargo de un fenómeno tan fugaz como la memoria. Desde que Wallace descubrió el epílogo de la historia en su carga occipital, desde que Wallace hizo innecesario la memoria a largo plazo, los locos ya no son locos. Son vivos siempre presentes, con sus miradas reales que te imponen la obligación de que seas tú el que hayas de recordarlos y entenderlos. Ya no son sujetos enfermos, son lunas y estrellas, cataratas y arroyos, reacciones creativas siempre al estímulo, estrellas fugaces hijos de algún cometa furioso. Son como galaxias, agujeros negros, agujeros de gusano o salamandras de Sirarka; como la antracita, el helio 3, la bacteria transhumante. Lo sublime está en ellos, son inmensos y fuertes, y les temo. Tengo miedo tanto de los “nuevos”, como de sus nuevos objetos a intelectualizar; y también temo a los que están al mando, se sienten tan seguros de las cosas nuevas, como antes equivocados sobre las cosas viejas, que obstinadamente llaman: “sus variantes”.

Para más colmo de mis males para con Salvatore y su informe, bucear en las bibliotecas es un trabajo muy duro. No se encuentran ordenados los antiguos tratados de psicología. Yacen muertos en trasteros y sótanos húmedos y polvorientos. Paradójicamente, lo poco que recuerdo de aquello que no viví y que apenas se estudiaba ya, se me presenta ahora como si lo tuviera enfrente deformado por esa memoria a corto que me hace a mí también un artista. Yo también soy presa del momento y ni siquiera puedo explicarme el instinto de conservación de las PWAs y de la Herpe. ¿Cómo pueden pedirme un informe histórico de continuidad de una institución en perpetua renovación a nuevas formas de vida?

El informe lo debería de presentar Wallace porque él sabe qué parte neuronal controla el futuro, que es, en rigor, la modificación que ha introducido. Por muy obvio que resulte, y aunque se pensaba que la memoria a largo es la base de las personalidades que en cada individuo se hacen presentes hacia el porvenir, y que de tantas ilusiones y pasiones les llenan, no es cierto. Las múltiples personas cambiantes pueden vivir perfectamente sin necesitad de la estancia de un patrón que de sentido a su experiencia. Todo es siempre nuevo. Si la nueva obra de un esteta se compara con lo nuevo de otro, si sobresale, estamos hablando de un casi-más-genio-epocal de artista, de una aspirante a genio transfigurador. Lo que de hecho está pasando ya, como he dicho “antes”.

Mi recomendación para las PWAs y la Herpe va a ser que esta última vaya transformándose sutilmente en una agencia de imágenes y ecos de voces de índole artístico. Salones nuevos deben abrirse en las diferentes “sucursales” de la Herpe en todo el territorio. Los “nuevos” y “antiguos” psicopatólogos deben de ponerse al día en estética – cosa que no les costará mucho puesto que son de facto, hijos de su época. Habrá que modificar los expedientes de los antes considerados pacientes, cambiando formularios y plantillas, introduciento imágenes y palabras de su creación, emplenándolos con etiquetas estéticas e introduciendo algoritmos de transformaciones predictivas del futuro éxito de la obra.