La disertación

La persona del Doctor Leonar comenzó sin más preámbulos:

Querido auditorio, el profesor y gran persona, Emiliano García me rogó, hace ya tiempo, y ahora aprovecho para pedirle disculpas por mi tardanza, que diera una pequeñísima charla sobre la locura y sus alucinaciones. Pues lo prometido se debe; y a ello me encamino:

Definimos el vacío psicótico y alucinatorio por el “pararse tarde” del sujeto a fijar y mantener bien amarradas las palabras y los nombres que da a sus seres más queridos, en un entorno confundente es verdad, pero, como todos los entornos. Esto es lo que dificulta dicha nomenclatura básica y fundamental. Bien, pues eso es absolutamente lo que ocurre en la locura, sí señores, como lo oyen. En la alucinación psicótica el hablar de la persona con su otro yo, ya puede ser por una excusa que desate una intensa paranoia, o por cualquier otra ocasión contingente, la imposibilidad de nombrar a tiempo a los seres amados, hace posible que se levante un muro, a modo de pantalla opaca o similar, que hace las veces de espejo auditivo, es decir: “el loco”, en plena alucinación oye los ecos de las voces emitidas por cualquier persona, por todas las personas, por todas las personas que pertenecen al mundo que le rodea… menos las de sus cercanos amigos y familia.

Desde el auditorio alguien, impaciente, interrumpió:

— Perdone Doctor, ¿podría explicarse mejor, si le place? — Dijo una voz humilde desde la platea.


Por supuesto…¿pero tendrá que dejar que avance un poco mi charla? ¿No pretenderá que lo diga todo con una sola palabra? — Contestó el Doctor en tono afable ,pero claro y firme. Vale, pues continúo y verá cómo todo va aclarándose poco a poco.


El amable Doctor Leonar prosiguió:

Está bien, le explicaré el tema por la contraria, o sea, exponiéndoles una alucinación sufrida por una persona perfectamente cuerda, aunque inducida en quirófano — los detalles de esto no vienen al caso — por un potente anestésico. Al principio de la ingesta de esta sustancia, el paciente mostraba signos de turbación semejantes, por cierto, al periodo de aislamiento y perplejidad que suelen presentarse, antes de que el brote psicótico-alucinatorio haga total presencia, a los que llamamos desalmadamente, “locos”. Después, cito literalmente sus palabras, “llegaron los relámpagos de luz intensa, alternándose con la oscuridad”. El sujeto paciente se hallaba en posesión “de una penetrante visión de lo que pasaba en mi habitación a mi alrededor. (….) Pensando en la muerte y que estaba ya cerca de ella, de repente, mi alma se apercibió de Dios, que estaba tratando conmigo manifiestamente, palpándome (…) Le sentí derramándose sobre mí como la luz”. Cuando esta persona fue despertada y reanimada del trauma que supone toda entrada en un quirófano, fue sintiendo la pérdida de esa influencia de su relación con Dios. Entonces, sigo citando tal cual lo dijo, “salte de la silla” y grité: “¡Es demasiado horrible, es demasiado horrible!”. ¡ No podía soportar aquella desilusión!. Se echó al suelo y se encontró gritando a los cirujanos: “¿Por qué no me han matado? ¿Por qué no me han dejado morir?”. Su desilusión consistía en que esa visión “sin tiempo a Dios no había sido una revelación, sino “una excitación anormal de mi cerebro que me había engañado”.


El mismo de antes, desde la platea otra vez, insistió: — “No entiendo nada oiga”. — Dijo impacientemente, aunque todavía permanecía en los cánones normales de la más básica urbanidad.

Pues está muy claro, señor mío. La persona operada, antes, durante, y después del trauma quirúrgico, seguía siendo en todo momento él mismo. Su alucinación le acontecía a él, su experiencia alucinatoria eran “suyos, de él”, insisto; su cosa que llamamos nuestro “yo”…. por cierto, ¿usted tiene nombre? Bueno, déjelo y no conteste, pero seguro que lo tiene… su cosa que llamamos nuestro “yo”, continúo, y que en cada caso tiene un nombre propio distinto, era la misma en el despertar de la alucinación. En resumen, tanto su éxtasis, como su desilusión, eran de él…¡Suyos coño! ¡¿Entiende ahora?!. El doctor, inesperadamente, estaba perdiendo la paciencia.

Ahh, ya entiendo. Lo que usted quiere decir es que el loco, no disimula, no engaña, no miente, no posa ni sonríe con falsedad calculada. Y no hace todo esto, porque no tiene el nombre de ningún ser querido a quien referirse: para engañarlo o para mentir a ganancia de algún privilegio. ¿A eso se refería con aquello de “entorno confundente”? ¿Es así, mi querido Doctor? — Dijo el hasta ahora impertinente y necio oyente.

Así es, sí. Con esto queda cerrada mi disertación. Estoy a su disposición, estimada audiencia, por si alguna otra pregunta más ha lugar. — Terminó el buen Doctor algo cansado.

Enlaza con: La línea es muy fina entre locura y cordura.