You Song vigilaba sentado en su puesto. Debería estar en pie e ir de un lado a otro de la valla moviéndose en una radio de aproximadamente unos diez meros, que era el espacio que tenía asignado en sus funciones de gorila-escolta para el gran Don. Pero estaba cansado y se dijo que por unos minutos que se relajara no pasaría nada.


Su jefe, el capo Don para el territorio oeste de L.A., nunca se quitaba sus gafas de sol amarillentas, al estilo de los noventa. Vestía una bonita americana veraniega color naranja venido a menos, es decir, una especie de bello color ocre de mineral de piedra preciosa y confeccionada a medida en fina seda libanesa. La prenda le habría de haber costado una fortuna. Lo digo con sana envidia, pues le sentaba magníficamente, como anillo al dedo.


Los escoltas del Don no paraban de bromear entre sí. Y con su humor “negro” característico se decían entre ellos:

— ¡Chinorri de mierda! ¡Marica! ¡Ludópata incurable! ¡Broncas, que eres un broncas! — Todos ellos epítetos rigurosamente ciertos. Había entre ellos una camaradería y sentido del honor, muy gastado y pasado de moda, pero ciertamente todavía admirable, no sé por qué. La casa y el capo que protegían estaba rodeada por una valla perimetral de hierro fundido coronada por una concertina nuevecita que dada gustito verla.


El Don había comprado la mansión, porque eso era, una mansión, típico “chalet” de Beverlly Hills, a Jack Nicholson. En ella guardaba en un sótano adecuadamente acondicionado, una de las colecciones de arte más admiradas de todo L.A.: obras de artista contemporáneos consagrados, obras de nuevos artistas con mucho porvenir, y una lista inacabada de inversiones en obra nueva, o sea, obra digital autocreativa. La colección pedía a gritos ser expuesta ahora mismito, en un gran museo, en uno de esos templos de lo sublime postbelleza tan emblemáticos y representativos del más allá.


Una noche clara, trinó estruendósamente la alarma del sótano. Gorila tras gorila fueron adentrándose en la casa cada uno desde su puesto, pistola en mano y apuntando recto desde su campo de visión, mientras absolutamente impertérritos, veían salir en dirección opuesta a un pequeño hombrecillo enlutado y encapuchado. Era ya tarde. El hombrecillo contorsionista chino – porque seguro que era un maldito chinorri marica – , empuñando una pértiga previamente escondida entre los matorrales del amplio jardín, había conseguido saltar por la puerta por donde entra el Maseratti del Don.


El capo Don se lamentaba melodramáticamente:

— ¡Tenía que ser “La jaula de goma”, de Luis Martínez, joder! Una de mis obras favoritas, y la más cara. ¡Ha sido Antonio, Antonio del Real, el muy hijo de puta! ¡Seguro! — Seguía aullando de dolor revolcándose por el suelo el gran Don. Había comprado “La jaula de goma” en una de las más combatidas subasta “de a toque de degüello”, es decir, a muerte y sin dejar prisioneros, por las que había tenido el placer de pasar.


No había solución. “La jaula de hierro” de Luis Martínez, igualmente se podía comprimir e introducir en una caja de puros, que descomprimirse y ser expuesta en una gran sala de diez mil metros cuadrados (exactamente), de un museo.


— Adiós, mi pequeña y grande piececilla — lloraba sin vergüencia el muy sinvergüenza del Don.