La vocación tambaleante y la persona del profesor Sharpe se hallaban en la sala de profesores. En su rostro estaba impresa su “cara de palo” de enseñante quemado, como se suele decir ahora. “Estar quemado”, sufrir de “burning” sería pronto un cuadro sintomático tipificado como enfermedad profesional.

Sharpe le daba vueltas al tópico de su jubilación, a su cuándo y a su cuánto; le daba vueltas a esto de: “he perdido la vocación”, o “¡pero si nunca he tenido vocación!”, o a eso de que : ¿Vocación?… ¡Eso jamás ha existido, lo que hay es profesionalidad o no profesionalidad!

La vocación docente — seguía Sharpe hablando contra sí y para sí — es como una llamada, como una misión para con el mundo con la que se nace; es como un seguir adelante esperanzado, útil para con los chicos, los alumnos adolescentes, que ninguna culpa tienen de nada; es como una victoria del amor frente al mal… Así continuaba en diálogo interior Sharpe. Al menos, con estas pajas mentales demuestro, como ya hizo Descartes, que soy algo que piensa, que soy algo que se hace pajas mentales; en eso no puedo engañarme, evidentemente. — Se decía el insensato Sharpe.

Por otro lado, tampoco era del todo verdad que los chicos no tienen culpa de nada. Los adolescentes, al igual que muchos mayores, lo que quieren es no tener que decidir nada, no tener que atreverse a servirse de su propio entendimiento para elegir lo mejor para la humanidad en general y para sí mismos en general también. Lo que quieren simplemente es que les den dinero y tener una madre “prima-colega” que les permita dormir en casa del compañero “para estudiar”, y un padre ausente que nunca esté para preguntar ni para aconsejar o censurar.


Sharpe se desplomó todo entero sobre el suelo. Un estruendo de voces y ecos de tacones rápidos se le avortizaban a su alrededor. Alarmante. ¿Qué le estaría pasando? — Se preguntaba. Al igual que en las ensoñaciones de la última velada cartesiana y jesuita, Sharpe entrevió un desfibrilador que pasaba de mano en mano. Preocupante. El conserje se acercaba trotando, éste, tan cursillero de primeros auxilios, casi médico y entero antitarea.

— No podemos usar eso en manos inexpertas. Hay que llamar a una ambulancia. — Dijo el Director resoluto. Yo me lavo las manos si se hace otra cosa.


Sharpe en la ambulancia, y en ese todavía estado deambulante interno, seguía en sus pensamientos. Un día escuchó un definición terrible de lo que es la sustancia de un instituto de enseñanza secundaria. Decía así: un centro de secundaria es aquel lugar en el cual los alumnos son unos hijos de puta, los compañeros unos hijos de puta y los del equipo directivo unos hijos de puta. Era una definición más… ¿por qué no? En cualquier caso, y quizás a causa del estado en el que se encontraba, le pareció verosímil.

En el quirófano Sharpe soñó e imaginó con más intensidad y en diferente cualidad. Imaginó que había sido raptado de niño y apartado de los brazos de su madre. Unos desconocidos enmascarados lo llevaban a una espesa y frondosa arboleda que acababa en un amplio pero sospechoso claro del bosque. Allí unos brujos científicos transhumanistas le sometían a terribles exámenes de conciencia.

— ¡Cuantas veces has dudado de la ciencia, pequeño Sharpe! ¡Por qué comes jamón, cabrón! ¿Y tu salud, y tu colesterolnina? — Clamaban histriónicamente los temibles transhumanos.

El sueño seguía, pero siendo ahora real, como todo en la vida. Después de esas torturas y de otras, inenarrables todas, se le acercó el brujo Jefe con la pistola inyectora. Un líquido hermoso verde pistacho se introdujo indoloramente en su fino cuello nunca quemado por el sol.

De repente se sintió regalado por un poder sobrehumano, todo él voluntad de cambio, todo él atrevimiento de seguir las reglas de su propio entendimiento, todo él transhumano, empoderado, mejorado, encantado, lleno de pasión creativa. Tenía unas hermosas ganas de hacer de su vida una obra de arte. Se acabó la jaula de hierro, la jaula de goma, se acabó la jaula de la época oscura. ¡Muera la tradición!

Ahora ya podía retomar su vocación docente. Ahora había nacido con ella. Se sentía como se siente el agua de la corriente al romper sobre los guijarros del río de la nueva vida: relajado y pleno de fuerza vital y conquistadora.

¿Cómo era posible que hubiera pensado tanto en la jubilación? ¿En su cuándo y en su cuánto? Ya no sentía estar acosado por el “burning”. Y no era cierto que los chicos adolescentes fueran como los mayores, como el resto de personas. Eran adolescentes, con su particular psicología; inocentes, maneables de oro y cobre, frágiles, fáciles de convencer, pura arcilla, puro materia para la gran política futura.

Sharpe reconoció que estaba equivocado. No hay razones para estar quemado, ni para quejas. La realidad es que nos dan envidia, pero ahora la podremos superar. La ocultamos tras un delicado velo tejido con preocupación social por las drogas, el botellón y la violencia social juvenil.

El quirófano y el infarto pareció sentarle bien. Y la inyección, por supuesto, eso fue lo mejor, clara y distintamente. Los centros de enseñanza secundaría ya no respondían a esa horrorosa definición.

Ahora era transhumano, docente y vocacional de nacimiento. Retornaba mejorado. Hecho un chaval adolescente con ganas de presentar batalla.