El profesor Martín, catedrático de estética, miedica y ex-crítico literario, de vez en cuando le encargaban la redacción del catálogo o del texto que acompaña a las obras de algún artista contemporáneo. Este era el caso, y el artista, Jaime Santiago. El comisario de la exposición le pidió que escribiera algo; haciéndolo en este tono: “Ya sabes, algo “deconstructivo”, un poco ininteligible a la vez que polémico y con algunos párrafos que se entiendan y de los que se pueda hablar en el círculo que rodea al creador”.

Martín, como no conocía la obra de Santiago, como tampoco le hacía falta, y el comisario también le dijo que prescindiera de ese conocimiento, pensó extraer el esquema fundamental del texto de una de sus clases.

Y así lo hizo:

— Todo el mundo habla de la ansiedad y la angustia a la ligera. El miedo, decía Descartes, es la peor pasión y no se explicaba bien por qué Dios nos la había dado como regalo; un regalo, que como todo, tenía un precio. Precio que le debemos a Él.” —Estas eran algunas de las divagaciones con las que solía empezar sus clases. Siguió:


—Como ya decía Hume, la mente es algo que no puede parar ni por un solo instante; sería por eso por lo que no encontraba impresión alguna de la conciencia misma”.

En sus clases Martín se desenvolvía con naturalidad. Su alumnos, muy comprensivos con sus lagunas de memoria, le tenían en relativo aprecio y consideración. Contestaba a todas sus preguntas, y cuando no sabía la respuesta, así lo decía.

— Pues no lo sé, Jonathan; ni creo que nadie lo sepa –respondía con sinceridad.


Muy alto, delgado, ojos azules, pelo largo anudado en una coleta limpia y suave como para comérsela, Martín subía al escenario de sus clases dándoselas de persona hastiada, escéptica, gastada por la vida. Pero él no era así. Su vida no le había dado motivos para tal escepticismo ni hastío. Clamaba al cielo para que esta pose no le abandonara nunca. Rodando como guijarro por la explicación de los conceptos que fuese, viraba su ánimo súbitamente hacia un entusiasmo teatral, y a veces, e intencionadamente, se mostraba sensible y eufórico. Todo este despliegue impostado era sencillamente para llamar la atención de sus otros, como un niño.


El tema que tocaba explicar hoy era la dialéctica de Hegel:

— Para entender a Hegel hay que pensar en la vida. Todo su sistema se asienta en este concepto cuando es “asumido tarde”. “Asumir tarde” la vida es el significado sobre el que gira todo su pensamiento; asumir tarde y a medias el objeto de nuestra inquietud, que como fuerza inconsciente nos susurra que el tiempo para comprender ya ha pasado, es el sentido de la dialéctica hegeliana. Obviamente, este asumir no es una nada, ni la nada. No es cosa alguna aún, sin embargo todavía es ser puro, palabra hueca, pero palabra al fin y al cabo; tiene todavía un rescoldo, un ligero calor de posibilidad de pasar a otra cosa: como cuando estas harto de jugar al tenis y te vas a casa a ver si el pintor hizo lo que prometió: pintar de blanco las paredes de tu despacho. Martín vio unas gafas a una nariz pegada con la mano levantada.

— Profesor Martín, ¿quiere usted decir que la vida se aburre y que por eso se mueve? — Preguntó el alumno de las gafas.

— ¡Pues sí, más o menos! Cuando la fuerza de las cosas se harta de su potencia, sale inquieta hacia cualquier parte, y entonces…¡Ya veremos con lo que se topa!– El profesor se calentó por un instante.

— Parece que está hablando del ser humano, profesor Martín. ¿Quiere usted decir que la dialéctica hegeliana versa sobre el hombre? ¿Yo creía que trataba del Espíritu Absoluto y todo eso?–Decía el de las gafas ajustándoselas a su napia.

— A ver… si el hombre asume mal y tarde, como he dicho antes, ¿por qué cree usted que la luna o el sol van a ser diferentes?— Deme una respuesta, se lo ruego, la primera que le salga de las narices.

— ¡Hombre, veamos! Una tormenta solar llega tarde y mal a la Tierra. Y la luz de la luna igual; además de con retraso, no es lo que era cuando desde su superficie la luz salió. ¿Y no son la luna y el sol los que hacen esto? —Un relámpago de audacia iluminó el rostro del pequeño Quevedo.

— Es usted un poeta en ciernes. ¿Por qué no se pone lentillas?—Contrariado, el profesor paseó sobre la palestra.


Ya había pasado media hora y la clase se le estaba haciendo larga. Se sentía cansado. Martín sabía de Hegel, pero las preguntas del narigudo le hipnotizaban. Su nariz no era grande, pero sí sus gafas; lo que le hacía mirar su nariz por dialéctica simple y dura.

— Deben ustedes dominar el siguiente concepto –Continuó: el “ser en sí y el ser para sí”. Esto vale pa to. Pa un roto y pa una corná. Cuando algún periodo histórico o alguna de sus biografías personales están “en sí”, no es solamente que estén ensimismados, que lo están, es que su vida ya ha salido hacia otra parte porque ustedes le aburren y la oprimen. Cuando ya es tarde porque la vida se les está escapando, no tiemblen, porque la vida también se acobarda y vuelve atrás “para sí”. Entonces es cuando estarán ensimismados para sí mismos, es decir, ya sabiéndolo y teniéndolo que asumir.

 

Pero esto es un gran paso, se lo puedo jurar por Dios el Altísimo. Porque no es lo mismo el pasmo del burro que no sabe, que el pasmado consciente de su estupor. Esto es “asumir”, conservar lo anterior al mismo tiempo que uno se para a reflexionar. O viceversa. Se parece al refrán ese que decía algo así como: “arrancá de caballo, y parada de burro”.


Un alumno de cuerpo pequeño y con la cabeza desproporcionadamente grande salió al paso:

— Profesor, ¿si vale pa to, entonces no vale pa na?—Agudo el alumno cabezón preguntaba, o preguntaba el alumno del cabezón agudo.

— Voy a darle una respuesta definitiva: La angustia puede salir inquieta porque algo le falta. Pero como al salir de sí, choca con lo que no esperaba, entonces vuelve “para sí” negándose y asumiendo su error buscando en su regreso la paz perdida del paraíso. Como ha intuido la paz perdida, pretende incorporarlo en su regreso a la inquietud. El resultado es que debe de asumir ambas cosas. Y esta asunción es: el devenir del tiempo mismo. ¡Tozudo cabezón, nunca se empecine en algo más de la cuenta!—La clase ha terminado, decretó enfadado el profesor Martín.


Creánme si les digo que cuando llegó a casa ya tenía el esquema básico para redactar el encargo del comisario para Jaime Santiago. Empezaría con un breve desarrollo de la palabra conciencia sin mencionar ni a Descartes ni a Hume. Seguiría con una definición más académica de la dialéctica hegeliana, sin nombrarlo y usando sinónimos. Y por último insultaría sutilmente al lector del texto exhortándole para que leyera más libros y que dejara internet por ser “antiestética”. ¡Que no se fuese tan burro, vamos!. Había que epatar y remover las mentes para sorprender.