Al tío Antonio lo separaron del hogar cuando apenas tenía cuatro años de edad. Prócer, en el sentido de procedente, tenía su genealogía en el campo y no en la ciudad. Agrario como él solo, más bestia en su primera educación que un arao, lo echaron del pueblo y lo desheredaron por no tener hijos naturales al arribar a los dieciocho. Su padre, que muy a menudo no terminaba las frases al hablar, solía decirle que tuviera cuidado, que sospechara de lo que hubiese “a la mano” porque “ningún tonto barre para fuera”. Mira que le dio vueltas y vueltas a la frase.

Por el otro lado familiar, habría que contar el cómo era la mirada aterrorizada de su madre — ¡no sabía porqué!. Casi siempre presa de un humor oscuro pintado del color del miedo y de una rivalidad extraña mostraba todos los signos de una menesterosidad perenne. Era como una especie de búsqueda de la filosofía eterna, o de búsqueda de la sabiduría; una búsqueda hastiante y absurda llena de temor que le traumatizaba calándole hasta los huesos. Así le dejaba de estupefacto día tras día; y este pasmo subía a lo supino cuando enfermaba y recibía sus cuidados. Inexplicable la mirada, buscó en su abuelo refugio y asidero; buscó una casa para ser él mismo. El problema estaba en que si debía de ser como su abuelo a cambio del vacío materno, lo tenía claro. Éste jugaba con él al juego de los chinos y al poker bajo la coartada de la educación y la pedagogía de los más ancianos. Decía que para ganar había que meterse en la piel del contrincante, pero no sólo una vez, sino las veces que hicieran falta. Si a la frase antológica del tonto que barre  le dio vueltas, imaginaos las revoluciones que tuvo que darle al enunciado del yayo. Más que enunciado, “hechizo” habría de nombrársele.

Cirujano de mayor, tuvo que hacer el VIR traspasada de largo la adolescencia en el sanatorio psiquiátrico patrocinado por el patrón de la empresa transalpina Bur Acta. Su tutor y responsable de su formación le inició, como a todos, en la práctica de las  logotomías; ese refinado arte de extraer la parte racional, ya localizada tiempo atrás, del lobo occidental izquierdo del cerebro. Toda expresión emocional animal y loca, pasaba a la historia, yaciendo muerta, del alma del enfermo. Dejando atrás la Historia, poco a poco fue promocionando en la estructura de la institución. El siguiente escalofón fue el departamento de Lenguaje Curativo. Consistían estas terapias en hablar y dejar hablar al enfermo durante media hora. Después se le perpetraba un sermón adoctrinante pseudopsicológico: que si tú crees que este piensa que…; que aquél cree con certeza que el otro dice que…; que si no debes intentar imaginar lo que los otros creen porque ellos no importan, etc. Vamos, una versión refinada del juego de los chinos y el poker volvían de la Histora; la de su abuelo. No sabía nunca cuáles de estas experiencias debía de incluir en su curriculum profesional. Concluía generalmente que era mejor incluirlas pero restándole dramatismo y espectacularidad.

Del departamento de Lenguajes Curativos pasó al de Pastillas Para Psicóticos, o PPP, como vulgarmente se le conocía. Aquí Antonio comenzó a adquirir cierto renombre a la sombra siniestra del Doctor Huncuento. Huncuento era africano e hispanoamericano al mismo tiempo. Fue gurú en Senegal de pequeño, pero una beca, in extremis, lo extrajo de la selva y lo transportó a una universidad occidental. Allí, cumpliendo plazos y estudios, accedió al doctorado en química inorgánica, después al de química orgánica, seguidamente al de química animal y finalmente, al gran Doctorado de Química humana o DQH. Hizo la tesis sobre la síntesis de células madre en sujetos subnormales. Impresa en Antonio la huella indeleble del hechicero converso, pronto formó su propia empresa química. Y en un breve lapso de tiempo, acompañado de acusaciones de corrupción política y experimentación ilegal, amplió el negocio hasta convertirlo en una de las más poderosas e influyentes corporaciones, cuando éstas ya olían como tiburones la fragmentación de las formaciones estatales convencionales.

Después del registro de la patente del “Rosa Fortuna”, antipsicótico eficaz y progresivo, ya todo fue un “no parar”. No sabía dónde meter el dinero ni en qué otras áreas del sector invertir.

En la cima, encima del más famoso sobre el cual es imposible pensar otro más famoso, decidió cambiarse el nombre. En vez de Antonio, se puso Anselmo y Argumento Ontológico de apellidos.