Una de esas cárceles algo sucias y ya un poco viejas, como las que salen en las películas de Hollywood, es el escenario en el que se sitúa la acción que se va a mostrar en este nano relato.


Galván estaba en el patio tomando el sol apoyado en una de las vallas que lo rodeaban. Galván no era ni Paul Newman, ni Burlan Caster, ni el de cadena perpetua. Él era, más bien un anti-héroe, un camello de poco pelo pillado en descuido desafortunado. Él sí era inocente; y no como esos de las películas que dicen que lo son no siéndolo, apuntalándose en la quinta, sexta o novena enmienda de la constitución americana; que ya no me acuerdo cual era.


Se acerca Tony Tierno y le espeta:

— Galvi, ¿tienes algo? — La última vez me mentiste e ibas hasta las trancas de materia prima.

— Tengo tripis, pero son una mierda. Lo mismo no suben apenas, o lo mismo te pegan un pelotazo que te pasas un mes en la celda de castigo.


Se acerca Blas «el estupendo» y le suelta:

— He visto a un joven promesa estupendo, de esos buenos buenos, disciplinado, currante y sin vicios. — Le decía «el estupendo» simulando entusiasmo. Pero necesito cash para la familia y para los contactos en el Atletic.


Blas, ya te he dicho que no me interesan esas cosas; y además no tengo un duro. Y si lo tuviera no verías un real para …. ya sabes, tus tragaperras y apuestas deportivas variadas. — Contestó Galván mirando al cielo como diciendo: ¿Pero qué te he hecho yo para merecer esto, Dios mío?


Se acerca Steven «el extranjero»:

— Tengo la solución para tu caso. He hablado con un colega del cole bien posicionado en la judicatura y me ha dado un par de ideas de la hostia. — Esto decía Steven, abogado extranjero afincado en España desde tiempo inmemorial, y bien afincado que estaba ahora en la cárcel. Pero tienes que hacerme un favor a cambio, Galván.


El alcaide llamó a Galván.

— Galván, tengo un trabajito para ti. Te recompensaré. — Dijo prepotente. Esta noche tengo un fiestuqui y necesitamos chicas, ya sabes, chicas guapas, del este.

— Está usted mal informado, excelencia. Yo no estoy en su chalet por esos «bisnes» — Dijo paciente Galván.


Al día siguiente, en las duchas, llega «The boxer», así lo llamaban y ni Dios sabía por qué, y le dice:

— He estado en la biblioteca y he encontrado un libro interesante. Escucha una parte súper buena de la que me acuerdo. «¡Morir…dormir¡ ¡Dormir… tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el problema!».


De nuevo se le aproximó en el patio otro sujeto más; y de este no sabía ni su nombre, por cierto. Y antes que presentara oficialmente su solicitud, Galván le recitó patéticamente:

«¡Morir… dormir! ¡Dormir…tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el problema!»

Vale, vale, ya escampo Galván. Hay que ver cómo estás hoy. — Huyó a paso ligero el solicitante.

Nano relatos