—Estamos en urgencias con la madre, no sabemos aún si es grave o no—dijo Elisa contraída. Está en observación. Veremos qué observan; dicen que no parece nada serio, arritmia.

La prima Angélica llegó en seguida para relevar a Elisa que estaba ya muy cansada. Algunos enfermos recorrían los pasillos con los goteros arrastras, despacio; van al ascensor, bajan y se fuman un cigarro.

Angélica no estaba bien tampoco: en guerra con el mundo seguía una agenda muy apretada para no pensar en sus fracasos que, por otro lado, eran comunes a casi toda la familia e incluso comunes también al del resto del mundo. Tuvo a la madre un mes en su casa y no ponía la calefacción. Sobrándole el dinero.

Un día la madre llamó a Elisa y le dijo: llévame a tu casa que tu prima no me cuida bien y está un poco loca, y no estoy para tonterías. Dicho y hecho. Elisa cogió su coche, se llegó al domicilio de Angélica, cargó maletas y en diez minutos estaban en su casa calentitos y sonrientes.

—Estamos en urgencias otra vez. Llevamos toda la noche en la sala de espera—volvió a decir la hija contraída, como si no hubiera pasado el tiempo desde la última vez. El calendario indicaba que era la tercera vez que ingresaba en dos meses.

Todos temían mucho por el hermano mediano, por lo pegado que estaba a la gran madre, patrona de la familia. Elisa y Juan se pegaron a su vez a Damian para que no hiciera lo peor, a pesar de que tenía todo el derecho del mundo. Un vez, hace ya tiempo, en una sesión especial preparada por Damian todos vieron  “El desencanto”, la primera parte, de Jaime Chávarri, creo, no me acuerdo muy bien. Película que cuenta el desencantamiento del mundo de tres hermanos frente a su madre que no consigue comprender nada en absoluto, completamente nada en absoluto, insisto. Perpleja, extrañada de las palabras que le llegaban de sus hijos, no entendía qué había podido haber hecho ella para que le “salieran” este trío hijos de Max Weber y de la postguerra franquista. Y Damian se identificaba demasiado con la película, veía paralelismos entre el cine y la realidad familiar. Eso era malo.

A Elisa le tocaba el turno de noche en la habitación del hospital. El silencio de la unidad PWAs para cuidados paliativos no era como el  que precede a la tormenta, ni el que se respira en alta montaña, ni el del fondo del mar. Era el silencio de la impotencia humana, la resignación y la asunción dialéctica de la lucha por la vida.

Elisa escuchaba la descompasada respiración. Las pausas en ésta eran cada vez más largas. Sus oídos fueron testigos de la última expiración.

—Enfermera, creo que mi madre ha dejado de respirar—comunicó Elisa en el mostrador.

El hospital no era una residencia en los Alpes como en “La montaña mágica”. Era la plasmación de todo un modo de ver, sentir y operar en el mundo científicamente. Métodos, protocolos, procedimientos, burocracia, toma de datos, esperas…máquinas, etc

Seca es la vida.